Un día en la vida de…

Posted by on Jan 15, 2013 in Español | 0 comments

03:23 necesito hacer pis. Es una buena señal, por lo menos quiere decir que por fin estoy bebiendo suficiente agua. Me contorsiono un poco para ver si el pis encuentra un lugar libre en mi vejiga donde meterse, y me deja dormir un rato más. Infructuoso intento, así que me arrastro hasta la puerta de la carpa. Una rodilla se apoya en el lugar equivocado y le tira del pelo a Kath, que gime. Me disculpo sin hacer demasiado ruido, levanto el cierre de la puerta, mis pies no funcionan así que sigo gateando hacia la puerta y hago pis afuera. Me siento mareadísimo. Un soplido rápido para re inflar el colchón, y entro gateando marcha atrás, pero le vuelvo a tirar el pelo a Kath, que me abraza otra vez, dormida, cuando ya estoy de vuelta en nuestra bolsa de plumas matrimonial, porque unimos las dos bolsas por el cierre.

06:00 suena el despertador, los dos lo buscamos a tientas. Soy yo, sin embargo, el responsable de apagarlo, todavía no sé bien por qué. Les pego a todos los botones que encuentro para que pare, pero siempre encuentra la forma de volver a sonar otra vez, 10 minutos más tarde. Es resistente. El sol ya apareció en el horizonte y promete quemar. Tres meses atrás, hubiéramos estado rompiendo capas de escarcha en la parte de adentro de la carpa, tratando de vestirnos adentro de la bolsa, golpeándonos mientras tratamos de despegarnos las medias congeladas de los pies. Pero no ahora. Ahora el sol es una bomba de tiempo, si todavía estamos corriendo a la tarde, nos vamos a arrepentir de no haber empezado temprano.

06:10 el despertador sigue sonando. Esta vez en serio. Me estiro afuera de la carpa pero no puedo caminar, todavía no. Las piernas parecen de madera, ambos tendones de Aquiles muestran su enojo y no se mueven ni un centímetro. Y será así durante unos 15 minutos, balanceándome sobre patas de madera. Esto me pasa todos los días así que ya no me asusto. Kath gime al estirarse, es su espalda. También va a entrar en calor a su tiempo. Ya vamos reconociendo las señales y los síntomas de los dolores comunes, y prestamos mucha atención por si sentimos algo inusual.

06:55 guardamos la carpa antes de que el sol pueda verla, cada objeto tiene su propio lugar y ya lo están ocupando. Avena, leche en polvo y pasas de uva rociado con agua y sazonado con píldoras –glucosamina, vitaminas e ibuprofeno, si es que alguna parte del cuerpo lo reclama. Tratamos de hacer gachas de avena –porridge– una vez, pero con tanta agua es imposible consumir lo suficiente. Nos pasamos el bol mientras guardamos, en bolsitas de colores, cosas que no parecen haber sido diseñadas para caber en ellas. Atamos las bolsas arriba y abajo del carrito para lograr un equilibrio en la distribución del peso y asegurar que la parte del arnés sea liviana. Me toca primero tirar del carrito, así que necesito el reloj con GPS. ¿Dónde lo habremos metido? Después de maldecir y desempacar –oportunidad que aprovechan las bolsas de la carpa para salir volando–, y volver a empacar todo de nuevo, encontramos el reloj en el suelo. Acabamos de malgastar dos preciosas horas, y la atmósfera normalmente alegre entre nosotros necesita definitivamente un poco de atención.

09:20 todavía está fresquito, pero ya sabemos que va a hacer calor. Usamos shorts, camisetas de carrera, guantes, anteojos de sol y, por ahora, unos pantalones y una camperita livianos. Es el momento de hacer una investigación sobre las aves antes de salir (siempre hacemos un registro de las especies que encontramos en cuatro campos de 25 m de diámetro, distribuidos a 300 m de donde nos encontramos, hacia los 4 puntos cardinales). Anoche dormimos entre una plantación nueva de álamos que extraían la poca agua de un arroyito casi inexistente. El resto es arbusto y desierto. Sorteamos el alambrado y los arbustos pinchudos con sus púas de 10cm de largo. Esperamos 5 minutos ansiosos por ver los resultados. Hoy tuvimos suerte, en 3 de los campos vimos varias especies, no siempre sucede.

09:55 ya nada nos puede demorar ahora, no hay más excusas. Estoy amarrado al arnés del carrito, como un caballo en el partidor, el reloj con GPS puesto, y salimos. Entonces digo, ¡Oh no, no puedo creer que sea tan tarde! Kath me recuerda que todos los días digo lo mismo cuando salimos. Caminamos nuestro primer kilómetro para entrar en calor.

10:51 Corrimos 5 kilómetros, parecen más largos esta mañana. Kath va dos pasos delante de mí, literalmente, para ampararme del viento mientras tiro del carrito. Me concentro en su ritmo para no llevármela por delante. Trata de hablar conmigo, trato de contestarle, nos gritamos “¿qué?” mutuamente un montón de veces.

10:59 fijo los ojos en el GPS 3.98… 3.99… 4.00, cada 0,01 milla (estamos acostumbradods a medir las distancias en millas) es el largo de nuestro barco Lista Light, y me visualizo corriendo de un extremo a otro de la borda, para distraerme.

11:10 nos cambiamos las zapatillas (usamos INOV8s para correr con el carrito, y VIVObarefoot cuando estamos libres de él), Kath se ata las correas y se inclina sobre el carrito. Ahora me toca correr libre, es una diferencia maravillosa y siento que podemos correr 50 km hoy.

11:23 pasa un camión levantando polvo y nos toca la bocina, lo saludamos con el mayor entusiasmo que nos es posible. ¡El otro auto que nos pasó esta mañana nos sacó una foto desde la ventanilla, sin parar! En estos momentos siempre es más fácil estar tirando del carrito, porque es en ese minuto, que el que nos ve, elabora un juicio sobre la situación. O ve a un hombre que maltrata a su querida esposa haciéndola tirar del equipo o a una dama usando de la fuerza de su hombre para que cargue con el peso. Y como no se detienen, no podemos explicarles que, en realidad, compartimos la tarea.

12:10 Kath dice que necesita ir al baño. Trato de ser comprensivo y le explico que las chicas tienen una ventaja, ya que sus partes pudendas no son tan visibles y puede perfectamente acuclillarse al lado del carrito. No es esa clase de baño que necesito, dice, mientras le tiemblan las piernas. Otea el horizonte buscando un arbusto adecuado, pero solo hay uno muy flaco y bastante cerca de la ruta. Desaparece detrás de él, dejando ver solo su gorrito rosa y su mirada escudriñando la ruta. Un rato y una excavación más tarde, y estamos tratando otra vez, codo a codo, tratando de entrar nuevamente en el ritmo.

12:39 el lecho enorme de un río cruza el camino, según el mapa es un río enorme, pero vemos apenas un hilito de agua. No importa, me siento un rato bombeando agua a través de nuestro purificador hacia las bolsas de agua. El hilito marrón entra en la jarra y agua potable sale del otro lado. El proceso lleva un tiempo, pero es alquimia; admiro a este aparatito. El agua es de deshielo de un glaciar y es helada, los primeros tragos son una bendición.

13:23 un agitar de alas – Kath se detiene para sacar los binoculares e identificar a este halcón entre una docena de otras aves de rapiña que aparecen en la guía, todas aparentemente iguales entre sí. Es un aguilucho común, estamos de acuerdo, o yo estoy de acuerdo. Ya que paramos, aprovechamos para comer galletitas de sésamo alternándolas con un traguito de aceite de oliva directamente de la botella. Suena raro, pero ya hemos probado echar el aceite sobre la galletita y el resultado es que se resbala; de esta manera no hay derroche. Necesitamos todas las calorías que podamos meter, los encantos sociales decaen, cuando uno corre por estas rutas remotas.

13:49 llegamos al hito “15 millas corridas” (24 km), es un hito porque sabemos que una vez que hemos corrido 15, seguramente llegaremos a las 20. Pero las próximas 5 serán una lucha. Lo que antes respondía bien a los controles de la mente, comienza ahora a rebelarse, el poder anestésico de las endorfinas ha pasado. Mi rodilla derecha respinga con cada paso y Kath empuja el carrito con penosa lentitud. Es la culminación de 5 meses de este régimen de carrera y 5 días desde el último descanso. La última milla la caminamos para ir bajando el ritmo de a poco; en la milla 19 nos abrazamos todos los días, porque a esa altura estamos genuinamente extenuados y muy sensibles. Nos habíamos imaginado que nos acostumbraríamos más fácilmente a esta rutina de las 20 millas, pero por ahora, pareciera que nunca nos resultará fácil.

15:04 el termómetro marca 30 grados a la sombra, el viento es seco. El GPS marca las 20 millas pero no hay nada aquí que podamos usar como reparo. Un auto acaba de parar con dos alegres argentinos, nos ofrecen una cerveza que sacan mágicamente de una heladera en el auto. Estamos desorientados y un poco tímidos, y rehusamos la oferta, no podemos aceptar; pero les hablamos en español mientras tratamos de recuperar el aliento. Hablamos sobre el medioambiente y por qué estos lugares son especiales, están de acuerdo, y se van, saludándonos desde las ventanillas abiertas, sintiéndose parte del equipo. Tenemos una sonrisa inmensa que nos dura aunque ya el auto haya desaparecido en el horizonte, porque estos pequeños intercambios nos rejuvenecen y halagan inmensamente. Y nos quedamos dándole vueltas en la cabeza a su oferta… “Kath, soy un idiota ¿estamos locos? ¡¡Nunca más me permitas rechazar una cerveza!!” Imagino el líquido helado. Digo, “odio mi vida.” Kath me recuerda que también repito eso todos los días.

15:30 abandonamos la idea de llegar hasta el bosquecito de álamos que nos ofrece, desde la distancia, sombra y la posibilidad de agua. Estamos muertos, y ya hemos aprendido que “a la distancia” en Argentina, significa, a veces, otras 5 millas. Dejamos el arnés y empezamos a mirar, sin objetivo alguno, el arbustito pinchudo, a ver si podría ofrecernos cobijo contra el viento, que ahora ha cesado un poco, pero cuyo tormento conocemos bien. Es ridículo, no hay nada, pero cansados y desesperados, cruzamos el alambrado y damos vueltas en círculos buscando algo. Una espina se le clava a Kath en la zapatilla y grita. Me siento para ayudarla a sacársela, pero lo hago sobre una semilla pinchuda que se me clava bien profundo en la nalga, y salto con miedo. Maldigo. ¡Qué vida más rara estamos viviendo este año! Hay polvo por todos lados. Las hormigas distraen a Kath y yo sigo maldiciendo mientras imagino nuestra carpa en distintos lugares… nos sorprende e inspira la rama enorme que llevan las hormigas por la arena, y nos preguntamos por qué no levantó alguna de las otras 5000 ramitas más chiquitas que hay 4 metros más cerca de su casa, a las que ha ignorado al pasar.

17:00 ubicamos un lugar para la carpa en la maleza, y por esta noche, y solo porque el viento ha amainado, tratamos de poner la carpa. Usamos miles de vientos y ponemos rocas grandes sobre las estacas para sumar peso, por si cambia el viento. El lugar parece una versión gigante de la hamaca (juego de hilos) y seguramente tarde o temprano uno de los dos va a tropezar y hacer saltar las estacas de la poca tierra donde están clavadas. Sacamos la laptop y los paneles solares juntan energía para las próximas horas. Kath nombra las especies que encontramos en nuestro camino, en realidad probablemente yo he notado apenas un 50%, Kath tiene un radar especial. Registro las millas recorridas y le hago una marca a la hoja de ruta como una especie de premio a nuestras 20 millas. Instalamos el teléfono satelital y hacemos nuestro voice blog, una especie de cordón umbilical que nos une a casa.

18:30 el lugar donde nos encontramos es impresionante, de verdad. Desde el suelo arenoso podemos ver el total de la cordillera de los Andes cubierta de nieve en el Oeste, y hacia el Este, la planicie que se extiende por cientos de miles de kilómetros hasta más allá de donde alcanza la mirada. Es hermoso; seco, pero hermoso. Los insectos chirrían, una especie de mosca más grande que mi dedo pulgar parece reírse mientras vuela, ¡rarísimo! Un movimiento en la arena revela una iguana rosa maravillosamente camuflada. El comecebo andino o yal negro, nos regala su característico canto bitonal, y un chotacabras pasa volando sobre nuestras cabezas. Estamos a unos 150m de la ruta, pero es un mundo distinto. Sospecho que nadie ha acampado aquí antes…

19:32 las piernas empiezan a acomodarse en su lugar, mientras pelo 15 dientes de ajo para freír en nuestra cocinita de campaña (no somos buena compañía, a menos que les guste el ajo). Estamos relajados ya, pero no quiero moverme mucho, así que le pido a Kath que me tire una cebolla. Ella se estira hasta la bolsa impermeable, con una mano enguantada para protegerla del sol. Tenemos unos chorizos que parecen estar vivos… no han sobrevivido los últimos dos días con gracia. El sabor permeará el plástico de nuestros bols y el desayuno nos recordará la cena. Luego va la pasta, comida de una sola olla. Hasta hace poco no teníamos un bol cada uno, lo cual tornaba la hora de la comida en una lucha de lobeznos hambrientos abalanzándose sobre las sobras. Ahora nos recostamos en las noches cálidas, sintiéndonos repletos con nuestro propio plato, y en paz.

21:00 el sol se ha ido. Nos encaminamos a la cama guiándonos con la luz del cargador linterna solar power monkey, nuestra luz solar. Me quedo dormido al tocar la almohada, y Katharine, que escribe su diario ensimismada, se sobresaltará con mis ronquidos tempranos. Siempre es así, cada noche.

Gracias Maria Pelletta por la traduccion!

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