Corriendo al encuentro de “La reina de la pradera” de la Patagonia

Posted by on Mar 6, 2013 in Español | 0 comments

Publicado en “The Ecologist”, Reino Unido, 18 de febrero de 2013

Katharine y David Lowrie, dos ecologistas aventureros de origen británico, comparten su encuentro con “La reina de la pradera” de la Patagonia…

En todo el mundo se reconoce la importancia de los bosques y los árboles tanto para la humanidad como para la supervivencia del planeta. Pero estos hábitats – las estepas sudamericanas arrasadas por los vientos, o las praderas ondulantes de Norteamérica– ¿qué puntaje tendrán en el índice global de prioridades para la conservación de hábitats? Seguro no califican muy alto.

 ¡Error!

Este diminuto hábitat es, de hecho, un agente importante en el secuestro del carbono, y es crucial para la vida de los grandes herbívoros, los predadores supremos y una plétora de especies, la mayoría de las cuales se encuentra en peligro de extinción.

Durante casi veinte años, Kristine McDivitt Tompkins y su esposo Douglas, han estado batallando para conservar este y otros hábitats explotados mundialmente y degradados, en Chile y Argentina. Han restaurado vastas áreas de praderas en el sur de la Patagonia, y han ayudado a generar conciencia sobre este ecosistema olvidado y poco conocido.

Cuando Katharine y David Lawrie, literalmente, corrieron a la casa de los McDivitt Tompkins en la Patagonia, que se encontraba en la ruta de las 5000 millas que atravesarán en su carrera por Sudamérica, aprovecharon para averiguar más sobre este paisaje tan poco celebrado.

8 de noviembre de 2012, Patagonia.

Por milagro, después de tres meses y más de 1200 millas corridas desde la punta más austral del continente sudamericano, llegamos a tiempo a una de las más importantes entrevistas que haremos durante nuestra expedición. Nos encontramos con Kristine McDivitt Tompkins y su esposo Douglas Tompkins, quienes han protegido más tierra que cualquier otro individuo en el mundo: más de dos millones de acres.

Nos acomodamos en los mullidos sofás de su casa, en los fiordos del sur de Chile, mientras gordas gotas de lluvia explotan contra las ventanas, y los jardines abundantes reciben su cuota diaria de inundación. Kris se acurruca frente al fuego, lo que inmediatamente nos hace sentir cómodos en su compañía. Acaba de llegar de un viaje de seis semanas intensas recaudando fondos, y se le nota el cansancio; pero aun así, nos ofrece una taza de té con chocolates y empieza a contestar las preguntas que le hacemos sobre su trabajo en la Patagonia, restaurando y conservando ecosistemas de praderas o pastizales.

Kris tiene una pasión por las praderas que viene de siempre, de cuando era chica y exploraba los alrededores de su rancho en el sur de California. La pérdida de estos ecosistemas en Norteamérica, que alguna vez fueran el hogar del bisonte –de 10 millones de bisontes– y que dieran forma a las praderas colmadas de flores y de fauna silvestre, todavía la conmueve. Este hábitat de una biodiversidad riquísima, ha sido reemplazado por pastizales moribundos destinados al pastoreo y por tierras de cultivo; y ha quedado solamente un 1% de estos hábitats, aunque sin recibir mejoras.

Nos dijo que esta tendencia se ha repetido en todas las praderas más importantes del mundo, en Australia, Sudáfrica, Asia y Sudamérica. Pero es en la última de estas regiones, en la estepa Patagónica de Chile y Argentina, donde el poderoso cóndor vuela y los guanacos galopan, en la que Kris ha elegido enfocar su trabajo de conservación.

 En el año 2000 fundó la obra de beneficencia Conservación Patagónica (CP), y en 2004 adquirió para esta, una estancia de 200 000 acres en Valle Chacabuco, en la Región Aysen del sur de Chile. Aquí, gradualmente, CP se dedica a restaurar esta área de pastoreo intensivo para devolverla a su función de pradera.

 La primera medida fue vender las 30 000 ovejas y las 3800 cabezas de Ganado que pastaban en la estancia, removiendo así la presión del pastoreo implacable sobre esta tierra empobrecida. Luego comenzaron las tareas de desalambrado, un trabajo que todavía continúa, ya que se trata de cientos de miles de alambrados. Esta tarea es crucial para permitir que los animales salvajes tengan acceso. Por otro lado, los alambrados causaban la muerte de cientos de guanacos, una muerte espantosa, atrapados en los alambres al calcular mal el salto para sortearlos. Incontables proyectos se han sumado a estas medidas iniciales, entre ellos: juntar semillas de pastos nativos y cultivar las áreas empobrecidas, y otros programas que tienen por objetivo reincorporar la fauna silvestre.

Camino a nuestra entrevista con Kris, aprovechamos para recorrer el Valle Chacabuco. Queríamos conocer al equipo que se ocupa de restaurar el área, y avistar algunos de los animales de fábula que la ocupan. La vista fue extraordinaria. Pastos ocres bailando sobre una llanura ondulante. El perfil violeta de los bosques de lenga aferrados a las colinas, sube y se pierde en los picos nevados de los Andes. Cuando le pedimos a Kris que nos describiera uno de los momentos más importantes de contacto con la vida salvaje, fue esta misma vista el escenario de ese momento: “sentada en la colina, mirando a los guanacos en el Valle Chacabuco. Fue como una historia completa en una imagen instantánea, vi la pradera tan saludable, como nunca había estado, (desde la llegada del hombre moderno) y cómo allí, ahora, prosperan guanacos, armadillos, aves y vizcachas.”

El contraste con la estepa vecina por donde estuvimos corriendo es enorme. Allí, tormentas de tierra y matojos atraviesan las rutas, unos pocos arbustos pinchudos marcan el terreno, cientos de pezuñas compactan el suelo, un puñado de guanacos huye al percibir nuestra presencia. El suelo, la vegetación y las especies parecieran desmoronarse frente a nosotros, en su marcha implacable hacia la desertificación.

Del Valle (1998) confirmó esta devastación, aseverando que aproximadamente un 65% de los pastizales de la Patagonia se encontraba seriamente degradado, y que solo un 9% se encontraba ligeramente afectado. No había una sola área de pastos en donde el pastoreo no tuviera ningún impacto sobre el terreno. No es solo la inmensa cantidad de ganado lo que ha destruido estos hábitats, sino la forma en la que se los usa. El guanaco, nativo, ha pastado en estas tierras durante miles de años, adaptándose a las variables hidrológicas, vegetativas, del suelo y climáticas, y funcionó siempre dentro del ecosistema de la estepa, en vez de imponerse sobre ella y transformarla. Hay un dicho muy común entre los estancieros de Argentina, que de alguna manera, clarifica la situación: “Todos son bichos”, dicen. Esto llevó a la caza de pumas, guanacos, ñandús, armadillos, zorrillos, en realidad, todo lo que se mueva, lo cual produjo un desequilibrio en el ecosistema.

Kris y su equipo de CP son líderes en la restauración de las especies en peligro, como por ejemplo el huemul, una especie muy poco conocida, original de Chile y Argentina, de la que solo quedan 2000 individuos en estado salvaje, la misma situación en la que se encuentra otro animal más conocido, el panda gigante. CP también está investigando cómo solucionar el problema de la matanza indiscriminada del puma por los estancieros, con el objetivo de reducir los ataques a su ganado. Para el puma, la oveja reemplaza al guanaco, su dieta natural, una especie que ha visto su hábitat reducido en un 60% (IUCN 2013) principalmente debido a la competencia con el ganado por pasto y agua.

Kris, que asegura que se identifica más con los animales que con los humanos, brilla cuando nos habla de su proyecto favorito: el programa Perro guardián del ganado. Esta iniciativa está basada en la tradición europea de usar perros para cuidar que los predadores no se lleven el ganado, en nuestro caso, el puma y el culpeo. La clave está, según nos explica Kris, ¡en que los perros creen que son ovejas! CP compró cinco cachorros y desde entonces han vivido con las ovejas, comiendo y durmiendo con ellas. Su olor, los ladridos y su mera presencia, previenen el ataque de los predadores. No hay tradición en la Patagonia, de usar perros con esta función, por lo tanto CP está demostrando la efectividad de este modelo a los estancieros de toda la región. Kris opina “es relativamente simple la solución y reduce la pérdida por predadores, en un 60 y hasta 80% o más.”

Ya se trate de los pumas en Chile, los tigres en la India, el yaguar en América Central o los leones en África, el vínculo entre los granjeros y los predadores felinos es letal, y son los felinos los que siempre pierden. La importancia del modelo de CP es enorme y es, además, una muy buena noticia tanto para los estancieros como para los pumas.

Pero para Kris, el puma es un enigma. “Son como los novios, cuando los buscás, no aparecen por ningún lado. Así que dejé de buscarlos, dejé de concentrarme en tratar de verlos…. ¡Aun así, todavía no vi ninguno!”

Pumas, flamencos, ñandús, gansos salvajes o guanacos, todos les deben las gracias a Kris y su equipo por el oasis que es hoy el Valle Chacabuco, donde una fantástica diversidad de vida silvestre puede prosperar. La idea de Kris es donar estas tierras al estado chileno. En combinación con las reservas nacionales vecinas Jeinimeni y Tamango, formarían un parque nacional de 650 000 acres. Este sería un paso hacia adelante en la conservación global de pastizales. Hoy solo el 4% de estos hábitats están protegidos en el mundo.

El Valle Chacabuco ha sido reconocido por Thomas Lovejoy (el hombre que introdujo el término “biodiversidad”) como “el proyecto de restauración de pastizales, más grande del mundo”. Kris McDivitt Tompkins sin duda está cumpliendo su sueño de lograr que el mundo se dé cuenta de la importancia de estos hábitats, y de su visión: dejar un legado duradero de nuevos parques y paisajes restaurados, como dice ella misma, “para pagar por nuestro derecho de vivir en este planeta.”

 

El equipo de ecologistas formado por Katharina y David Lowrie, lleva corridos, en estos momentos, 2500 de las 5000 millas del proyecto –correr el largo de Sudamérica, en un año, sin apoyo, por la vida salvaje y las tierras vírgenes de este continente.

Además tiran de un carrito construido con materiales reciclados, en el que cargan todo lo que necesitan para sobrevivir: agua, comida, equipo de campamento, laptop, binoculares. Además de correr 20 millas diarias, hacen un sondeo de la vida salvaje que encuentran a su paso, hacen presentaciones a escuelas y a grupos interesados, y escriben artículos sobre el medioambiente por el cual corren.

Su objetivo es conectar a la gente del Reino Unido y del mundo con las tierras salvajes de Sudamérica, demostrando el impacto de nuestras acciones sobre ellos, y cómo, con pequeños pasos, podemos ayudar a conservarlos.

Leave a Reply